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lunes, 24 de septiembre de 2018

La palabra de Aleisa en una tarde de asueto...



La palabra de Aleisa en una tarde de asueto…


Hoy quiero presentar a los lectores de mi blog cuatro poemas del libro Talud, la ópera prima de la poeta cubana Aleisa Ribalta. No será una reseña de pretensiones académicas, de esas en las que hay que emplear toda una jornada del escaso tiempo del que un asalariado dispone en este mundo; de ese tiempo del cual se hace huraño el país donde resido y que nos conduce inexorablemente -como un asno de noria (cito a Boti*)- a la cotidiana alienación del duro trabajo por la supervivencia.

Hoy soslayo cualquier impedimento que conspire contra el gozo del espíritu; hoy leo y releo un poemario que me llega de ese país distante que se llama Suecia, tierra de uno de mis directores de cine favorito -Igmar Bergman-, a quien reverencio en mi poesía y que ahora menciono, no por azar, en estas palabras de presentación.

Y es que no les voy a hablar de angustias existenciales, ni de la incomunicación, ni del hermetismo que recrea magistralmente el maestro Bergman desde su “oscura y fría” tierra, ya que Talud es un poemario que se asienta en otras vertientes luminosas que nos revelan el carácter abierto de su creadora –ajena a todo hermetismo- y que quiere comunicarnos algo esencial: el derecho al exorcismo personal en aras del arte; a dar el salto en busca de la propia libertad expresiva.

Y Aleisa nos recluta con sus artes; apela a nuestra complicidad y lo logra con creces haciéndonos partícipes de su propio juego… Y en mi criterio, ese es el mayor logro de este poemario: ese salto al que ella nos conmina de una manera tácita.

Y cito la elocuente estrofa final de su poema Talud que hace alusión a la artista Ana Mendieta y de algún modo a la heroína de los versos de Guillén**; en fin, a todas las Ana que en el mundo han sido y serán:

“Y yo, queriendo escribir/estos versos inválidos,/ dándoles mi voz para que/al fin sepas, mientras/ escucho la voz de Ana/ cayendo al vacío,/reventada,/en su penúltimo grito,/ya susurro/que me dice: ¡dale, salta!”

De profesión ingeniera -como este servidor- y acreedora de todo el bagaje de innumerables lecturas, la poeta busca un registro propio que sospecho ya ha conseguido en algunos de los poemas más singulares de este cuaderno.

Démosle la bienvenida a Aleisa Ribalta y exhortémosla a seguir escribiendo poesía, esa poesía que nos acompañe gratamente en nuestras horas de asueto.


Félix Anesio
Miami, Lunes 24 de septiembre de 2108

*Del poema Noria de Regino E. Boti.
**Del poema de N. Guillén Proposiciones para explicar la muerte de Ana.



Breve historia del tiempo
                                    Con permiso de Mr. Hawking.
de los fluidos, la luz
de las magnitudes, el tiempo
de las fuerzas, la gravitacional
de los agujeros, los negros
de las teorías, la de cuerdas
de las paradojas, la del gato
de los planetas, el nuestro
de los cuerpos, el tuyo
de los flujos, el pre seminal
de los efectos, el de resonar
de los instantes, esequetúsabes
de lo que fuimos, nada
sí, el universo
es un gigante
nosotros
una milésima
despreciada
que no cuenta más
que en el recuerdo
que es a la vez
otro dado
que lanza
Aquél que juega
por jugar

Amarelo
Viste una foto del otoño,
te pareció que allí faltaba algo.
Abrimos una revista de moda.
Pásame las tijeras. Toma.
Recortaríamos a esa muchacha
que nunca había visto el otoño,
era tan probable que no lo entendiera.
La dejaríamos sola en ese crepitar
de hojas bajo los pies.
Fue ella quien de repente empezó a sentir
que allí seguía faltando algo.
¿Ahora qué hacemos?
Recorta un perro, pinta una luna,
¡haz algo!
Ya está: un perro.
La luna no, que es demasiado.
Dejaríamos que caminara
así, crepitando bajo los pies las hojas.
Nos dio la sensación de que tenía
que encontrarse con algo.
¿Alguien? ¡Sí, recortamos!

Sakura

Al cerezo del patio
le queda casi nada
cuerpo-tronco magro
nido que nadie habita
ni urraca ni ardilla
En verano disputada
propiedad forestal
hoy desalojo climático
Todos se han ido
El cerezo perdura
¡Ah! pero el globo
llegado ayer sin más
de no se sabe dónde
prendido a sus flancos
diciéndonos que al viento
flotar le torna digno
le da al pobre cerezo
un aire juvenil
travieso
necesario
en medio de la nieve.


Talud

Ah, eso de caer, tirarse toda,
tanto miedo a tanta altura.
El vértigo por fin ya, conquista
de despeñarse entera.
Ana cayendo, Ana al vacío
desde la ventana sorda
de ese rascacielos tirándose
¿o tirada?
Ana cayendo... ¿otra vez?
¿quién empuja?
Ana queriendo sangre,
mucha sangre, más sangre
cada día, sangre de pollo,
sangre de mujer, sangre
de cualquier criatura.
Ana hormiguita incansable,
pintando cuerpos de grana,
mutilando para crear
sin saber que un día el suyo,
minúsculo y sin levitar,
yacería rojo y abierto
en el 300 de Mercer Street.
Ana que no murió
de dos y dos son cuatro
porque la tragedia de Ana
siempre fue la de crear
un universo totalmente suyo.
Algo desde donde poder
tirarse ya, despetroncarse,
tanto que decir tenía.
Ana gritando ahora van a saber
por fin, de lo que soy capaz.
Y yo, queriendo escribir
estos versos inválidos,
dándoles mi voz para que
al fin sepas, mientras
escucho la voz de Ana
cayendo al vacío,
reventada,
en su penúltimo grito,
ya susurro
que me dice: ¡dale, salta!


Aleisa Ribalta. (La Habana, 1971). Nacida en Cuba. Reside en Suecia desde 1998.
Es ingeniera de profesión y actualmente se desempeña como docente de asignaturas
demasiado técnicas y no directamente relacionadas a la literatura como: Diseño de
Interfaces Gráficas, Diseño Web y Programación de Aplicaciones. Escribe desde muy joven
mayormente poesía. Alega que los lenguajes de programación son también un modo de
entender la comunicación y hasta de saborearla. Para la autora, en esos símbolos para algunos
incomprensibles está también la literatura como forma vital de expresión.



Nota: La foto fue tomada de tumiamiblog de Rosie Inguanzo.  

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