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martes, 5 de febrero de 2013

la travesía del elefante ilustrado...

Ilustracion de Manuel Estrada
 
 
 

La travesía del elefante ilustrado                                                                           

 

 

Quince millas y el cansancio del día/

                        me separan del acto programado.
 

Voy en busca de un célebre elefante que cruzara

los Alpes, a sabiendas o no, de su destino incierto.

Recorro el negro asfalto, encandilado por miles

de luces cegadoras, como luciérnagas hostiles,

hacia el lejano centro de la ciudad sin centro,

que sólo percibo como una aldea grande, y nada más.

 

Llego al sitio elegante y en extremo iluminado

   (sin dudas, hubiera preferido la penumbra).

Un mujer, o dos, me reciben con sonrisas afables,

hechas o previstas, que no logro asimilar del todo.

Hiere el taconeo de señoras perfumadas en exceso,

que también han ido a ver y leer al triste elefante

que cruzó los Alpes, porque un hombre así lo quizo

          —y ese hombre ya está muerto—,

para inmortalizarlo a su (dis)gusto, ya sin cuento.

 

Más allá está la viuda, hierática, con un aire de nobleza,

como una prima ballerina acechada por admiradores

complacientes; pero ella luce serena, no se inmuta,

se voltea cortés y me sonrie, como si intuyera

las motivaciones de mi vaga presencia.

 

Lleva en sus brazos un libro repleto de elefantes;

          (¡no se como puede ella con tantos!).

Es un libro de lúdica apariencia; quizás lo sea:

¡Sólo Dios sabe, a primera vista, de estas cosas!

De uno de esos libros de antes, de hoy, o de mañana:

de trompas y patas de elefantes recortadas con tijeras;

de palabras cortadas al sesgo, entrelazadas, fundidas,

adosadas, esculpidas con las manos y el auxilio 

de tecnologías ultramodernas, que nunca se equiparan.
 

Siempre llegamos a donde nos esperan…, susurra una voz.
 

El artista visual, enfático y teórico, intenta convencer

al auditorio de la gran importancia de su arte. Dudo, luego descreo.

Un elefante ya inmortalizado no requiere de énfasis mayores.

 

El escritor (que ya ha muerto hace dos años, repito) tiene

un premio en Estocolmo, ciudad que nunca he visitado:

No me gusta la nieve, ni en mis sueños la sueño/

            la nieve es para mí, sencillamente, un imposible.

 

El libro pesa tanto como un elefante real de carne

y láminas, de huesos colosales, de piel y de palabras.

Y aunque el precio, en dólares, no resulta desmedido,

me apropio de él, para leerlo un día en que la vorágine

de esta aldea grande, me conceda el tiempo para ver y leer

elefantes cruzando montañas nevadas;

                       aunque aquí no haya montañas;

                                     aunque ya no las recuerde

                                       y se hayan borrado de mi mente

y este libro me ayude, de algún modo, a rescatarlas.

 

Porque la vida ha de ser condescendiente y un día

he de leer a Saramago (aunque Borges nunca leyera

a Vargas Llosa; pero Borges estaba ciego y la ceguera,

y su grandeza, lo justifican). Yo vivo casi en un letargo

del que, tal vez, me liberen una magia o un milagro,

que acaso sean lo mismo, porque ambos sortilegios

son cosas infrecuentes, ya se sabe.

 

El viaje de regreso a casa es menos apresurado/

                 siempre los regresos se toman con más calma.

Sobre el asiento del pasajero yace el libro hermoso,

que ojeo (¡oh, riesgo!) mientras cruzo las negras llanuras,

los amplios yerbazales y pantanos de Miami;

libro que la fineza de un alma escribiera/

                              (y que otra mano sagaz, luego ilustrara).

 

Lo coloco sobre mi mesita de noche, así, decorativamente.

Y pienso que un día, antes del ocaso, pueda ya leer a Saramago,

porque siempre llegamos, de algún modo/

                                                 al lugar donde somos esperados.
 

 

                                                                                                 A Pilar del Río, viuda de José.

 

 
Félix Anesio.
Miami. Enero, 2013.

           

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