Bienvenidos al blog Crónicas Aldeanas, creado por Félix Anesio, para la difusión de mi obra literaria y la de todos aquellos que deseen colaborar. Asimismo, servirá para la promoción de otras manifestaciones artísticas y culturales.

Tale of Two Villages, created by Felix Anesio, for the promotion of my literary works, as well as any other participants who wish to collaborate. Also, this blog will promote other artistic and cultural manifestations.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Un tesoro escondido en medio de la ciudad...



Un tesoro escondido en medio de la ciudad.


No tenía nada que hacer. Estaba de vacaciones con poco dinero en el bolsillo y pocas ganas de socializar en esta ciudad dónde se hace difícil, a veces, el intercambio. Pero de repente la virtualidad se cuela en mi habitación a través de mi laptop, y alguien me convida. Una invitación de amistad virtual de un desconocido que me sugería visitar un lugar: su lugar. La dirección era bastante céntrica para una ciudad derrideanamante deconstructiva, sin centro real, cercana a un restaurante demasiado famoso conocido por turistas y parroquianos: el sitio estaba a sólo unos pasos de allí… Y el parqueo, inquirí? Pues ya ustedes saben, el parqueo es torturante en esta ciudad demasiado extendida y mal planificada. Sencillo, me dijo: Detrás hay parqueo, y si no, a un costado debe haber algún parquímetro desocupado.

Hacia allá conduje bajando toda la Calle 8, y miré y miré la acera de los números nones y no ví nada… Por demás, los parquímetros estaban todos ocupados. Volví a pasar y solo veía al restaurante con su gran anuncio que preconizaba a voces su existencia por más de 40 años. Lo sé, lo sé, lo sé… Pero eso no es lo que ando buscando—como si hablara con el letrero. A la tercera vuelta a la manzana decidí parquear en el area designada solo para el restaurante, que estaba muy concurrido, como siempre. Me dije: Bueno, consumo un café o un café con leche, o algo así y guardo el recibo por si me demoro y me quieren remolcar el auto; pues los letreros del “towing” nos amenzan de contínuo en esta ciudad como una obsesión. Pedí un cortadito... Si ustedes me ven a mi tan luego, que soy tan Oriental, pidiendo que me sirvieran un cortadito. A mí, a quién la abuela –artífice mayor de mis gustos culinarios-- sólo me había enseñado sobre chocolates espesos y humeantes para los días fríos, y de cafés con leche gigantes con leche pura de vaca, para el desayuno diario, servidos preferentemente en jarritas de metal, de aluminio, de lata, de esas que pueden permanecer calientes hasta por tres días y que hay que soplarlos mucho para poder deglutirlos a sorbos, y recordando siempre la advertencia cotidiana del método: ¡No tan rápido, que te quemas la lengua, muchacho!

Desperté de mis remembranzas y de entre el ruido de las voces y los autos pasando veloces por la Calle 8, y el amable desorden, me atendió la muchacha detrás del mostrador, quién me miró con sonrisa de descubrimiento: “Hmm, esta cara es nueva en el barrio”, pensaría. Cierto que mi cara, al parecer, me denunciaba. Era un rostro asaz diferente al de las decenas de personas que allí se agrupaban frente al mostrador, las que si parecían pertenecer a ese lugar, parecían vivir allí, ser parte de esa cotidianidad, estar como en su casa, y que conversaban a voz en cuello, hacían chistes y soltaban risotadas con olor a café y a cigarillos.
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Entonces la chica me preguntó: ¿Quiere el cortadito con leche evaporada? ¿Lo quiere oscurito, o clarito? Sí, creo que sí…, oscurito. Esperé, y no temí quemarme ni nada esta vez ante aquella bebida pequeñísima, espumosa, servida en vasito de poliespuma, con un color y sabor verdaderamente excepcionales, a decir verdad.
$1.20, señor. Ah, sí! Le di dos pesos—no se por qué aquí le llamamos pesos a los dólares. Y le dejé el cambio no sin antes preguntarle: Busco un museo histórico por aquí… ¿sabe? Ella me miró con extrañeza y entonces le preguntó a la clienta de al lado que al parecer era asidua a la cafetría ya que se trataban como verdaderas amigas. Y aquella señora de aspecto humilde me dijo: ¡Hmmm, la verdad que no sé!; ¿un museo por aquí, muchacho? Bueno, quizas pa’ rriba, al lado de la farmacia... Gracias, le dije, y pensé: creo que estoy en el lugar equivocado; ¡quizás me hallan tomado virtualmente el pelo!
Pero "pa’rriba", al lado de una farmacia que si parecía museo, pero no histórico, no había tal; por eso torci pa’ bajo… Caminé en dirección contraria. No podía estar lejos, si era que existía, y todo no era más que una gran broma: la del bobo que sale todos los días a la calle, y que hoy sería yo, presumiblemente.

Y de repente vi, con sorpresa, los números de la dirección que buscaba grabados en una puerta de cristal detrás de unas rejas más apropiadas para un banco antiguo que para otro tipo de establecimiento. Nada que ver con las puertas de los museos que conocía. Y a un lado el letrero de “toque el timbre”… Decidido, presioné el botón blanco y la puerta se abrió como por encanto… Pisé como a tientas un estrecho corredor y abrí una segunda puerta, más humana, de madera color de madera, y cristal, a través de la cual percibí detrás la imponente figura de un hombre gigantesco de barba blanca, que al saludarme me recordó al gran escritor norteamericano Ernest Hemingway.

Estaba solo; estabamos solos… Pero la tensión de tantas vueltas a la cuadra fue disipándose dentro de la modesta estrechez de aquél lugar escondido y discreto a medida que transcurría el fluir de la conversación y el convite a mirar cuanto yo quisiera en vitrinas perfectamente ordenadas y limpias: cuadros de Lam, de Portocarrero, de Amelia, de tantos artistas en las paredes; colecciones de monedas antiguas, de billetes que solo mi infancia de café con leche de vaca pura en jarrita recaliente y chocolate espeso pudiera recordarme vagamente. Y vi libros antiguos: ¡que libros!: La Edad de Oro, de José Martí entre otros; revistas (Bohemia, Carteles, etc.) y catálogos de pintores cubanos. Y toda una serie de objetos de alto valor museable: manuscritos de escritores y personalidades de la política y la cultura cubana, fotos únicas de patriotas de la Guerra de Independencia que para sorpresa de mi anfitrión logré reconocer; medallas, cientos de medallas – verbigracia las de Ernest Hemingway, cuando fue chofer de ambulancia durante la guerra, entre otras.

Me sumergí en un mundo alucinante entre fotos del admirado poeta Fayad Jamis, que nunca antes había visto, de Leopoldo Romañach, uno de mis pintores predilectos, y olvidé que estaba a unos pasos del restaurante famoso, en el centro de la ciudad que me había acogido desde hacía ya más de diez años y a la cual hoy le descubría un rostro más amable e interesante, más afín a mí, y sentía como que me abrazaba cálidamente al estar en este lugar encantado, en éste Aleph insospechado, en éste tesoro donde el tiempo fluye de una manera distinta y de un modo muy especial.

No se cuantas horas estuve allí, no se cuanto agradecimiento sentí por ese anfitrión que es su propietario, el Señor Joseph Algazi, quién hizo de mi día de vacaciones sin dinero uno diferente, y que de seguro recordaré por mucho tiempo. Lugar que revisitaré cada vez que quiera sumergirme en la historia de mi patria y, ¿por qué no? degustar un cortadito oscurito, con leche evaporada, allí a unos pasos del magnífico museo, en el famoso restaurante de la Calle 8 que ya cumple 40 años y que se llama Versalles.











Félix Anesio.
Noviembre, 2011.
Nota: Mi libro “Crónicas Aldeanas” lo pueden encontrar en el Museo Histórico Cubano situado en la siguiente dirección: 3473 SW 8St. Miami Fl. 33135. Nota: Parqueo detrás del local.
www.collectcuba.com

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