Bienvenidos al blog Crónicas Aldeanas, creado por Félix Anesio, para la difusión de mi obra literaria y la de todos aquellos que deseen colaborar. Asimismo, servirá para la promoción de otras manifestaciones artísticas y culturales.

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jueves, 15 de septiembre de 2011

... una aventura libresca.



… una aventura libresca.

Nunca les conté que a los 16 años alguien puso en mis manos “El retrato del artista adolescente” de James Joyce. Aún no comprendo ¿por qué a esa edad?, ¿por qué ese libro?, ¿el por qué de los por qués…?

Claro que lo disfruté del modo más ingenuo que un muchachito de provincias, digamos, un guajirito tímido, pero intelectualmente inquieto pudo haberlo hecho. Y vi el mágico color esmeralda de la Verde Erin, el colegio de Clongowes, las peripecias de Stephen Dédalus en dicha escuela, en su casa, debajo de la mesa escuchando la conversación de los adultos, las encendidas diatribas religiosas y políticas de su padre, y ya después, la asechanza de la idea de hacerse sacerdote, una idea que por mi pensamiento también había pasado, coincidentemente… Recordé que "el día de la primera comunión era el día más feliz de la vida"(como aseverara Napoleón); pero también recordé el temor, el pánico paralizante a caer el día de mi muerte, como reo de condenación eterna, en las llamaradas inagotables del infierno; un infierno que daba pavor sólo imaginar. No sé si habrán otros infiernos más terribles que el del escolasticismo católico…

El libro, como todos los buenos libros, nunca fue totalmente olvidado; digo, no fue olvidada la experiencia de mi lectura adolescente. Más un buen día, un gran amigo –quién para mi será también un eterno adolescente y al cuál emulo como puedo, o debo—me habla de sus clases de literatura en una universidad local donde cursa la maestría. Y me convida a releer…

Y yo, esgrimiendo razones baladíes: qué porque no tengo tiempo, porque tengo mucho trabajo, porque estoy muy viejo para esas aventuras, que porque aún lo recuerdo bien, el porque de los porques… Hasta que un día azaroso, paso por una librería cuya dependienta es la mujer más desagradable del planeta tierra y desde que entro, y suena la estridente campanilla de la puerta, ya estaba peleándole a un infeliz señor —con inobjetable rostro de persona educada-- que sólo hojeaba libros mientras su gentil esposa adquiría otros…

--¿Y usted que hace, señor, preguntó la librera con su habitual descompostura?

Y aquél señor, azorado y con cara de víctima, alzó la mano y le mostró silenciosamente un libro. No profirió palabra alguna... Era “El Retrato del artista adolescente.”

-- Ah!, refunfuño la librera! ¡Entonces usted sólo está leyendo!, con la connotación de que “usted no está comprando…”
La esposa del señor solo atinó a decirle:
--Es mi esposo y viene conmigo...
Hubo un silencio sepulcral, diría yo que un silencio infernal. Hubo silentes sonrisas irónicas en cada uno de los rostros de las escasas personas que allí permanecíamos. Una señora muy fina, que lidiaba al parecer con asuntos financieros con aquella fiera endemoniada, me miró a los ojos y gesticuló como diciendo:
--¡Perdónela senor, que está disparada!
Y yo sabía que era así, se que había sufrido; siempre fue así desde que la conozco. Y entonces me pregunté:
--¿Que diablos hago yo aquí? Esto es peor que el infierno que obsesionó a Stephen Dédalus y a mi mente adolescente en aquel otro país que me vió nacer.

Me dirigí rápidamente a los anaqueles y adquirí –satisfasciendo el deseo de toda una vida— el Pequeño Larousse Ilustrado (Edición del Bi-Centenario) y el libro de Joyce.

Al dirigirme a la registradora, con la evidencia de los libros en mi mano, aquella librera triste, con una descompostura aún notoria, me preguntó, me espetó más bien, me abofeteó con su pregunta:
--¿Y usted qué hace, señor?
---Yo, señora, también leo libros… Y ahora si usted me permite quisiera pagar estos —le dije sin inmutarme.
--¡Ah! Fue la respuesta en la que creí vislumbrar la fina y casi oculta sonrisa de la avaricia, la frustración y la locura inmamente de aquel ser que decididamente no era feliz, no podía ser feliz aún rodeada de tanta belleza literaria. La justifico,debe haber sufrido o estar sufriendo mucho.
¡Pobre!, pensé.
Salí lo más rápido que pude, y ya en el auto, hojeé el Larousse Ilustrado y el Retrato. Dios mío, pensé: aún el infierno puede darme una tregua… Conduje feliz al alejarme de aquél sitio y juré nunca más regresar. No tengo vocación de masoquista, lo sé. Esta vez lo hice porque era la única maldita librería en la que contaban con Retrato, en esta ciudad donde es más facil encontrar una aguja en un pajar, que una librería… o un libro preciso.

Ya estoy ahora terminando la lectura y para mi asombro, recuerdo más de lo que pensaba y el libro me resulta encantador. Me parece lo que en realidad es definitivamente: una obra maestra de la literatura universal. Pero esta vez, el temor que compartí con su héroe Stephen Dédalus sobre los tormentos del infierno no me afectó tanto, quizás porque envejecí un poco, quizás porque la vida me ha hecho refractario a las “entelequias” religiosas aprendidas a la fuerza –la letra con sangre, entra-- durante la infancia y la adolescencia, quizás porque… aquella librería de cuyo nombre no quiero acordarme había sido un adelanto del infierno, o sencillamente, algo más, añadido al cotidiano infierno terrenal. Yo como Borges, no espero otros cielos, ni otros infiernos.

Y sonrio al escribir esta nota para mi blog, porque Joyce, todo sabiduría, todo belleza poética, escribe las palabras finales del libro mientras su madre reza para que fuera capaz de aprender a vivir su propia vida, lejos del hogar y sus amigos, para que aprendiera lo que "es" el corazón, lo que puede "sentir" el corazón… Y declara al final, el 26 de Abril (curiosamente la fecha de mi cumpleaños, otra feliz coincidencia) su decisión, que cito:

“Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”

Hago una pausa, y recito reverente al gran James Joyce, sus propias palabras escritas al siguiente día en el diario, como si dialogara con él y el pudiera escucharme:

“Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda”

Sólo me gustaría añadir simplemente: Amen! Y darle las gracias a todos por su lectura.

Félix Anesio.
09/15/2011


Nota: Los hechos aquí narrados son de pura ficción; cualquier semejanza con lugares o personas sería obra de la casualidad.

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